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“Lo primero que aprendí en un rodaje fue a enrollar los cables”

El sonidista venezolano Marco Salaverría, ha conquistado valiosos reconocimientos internacionales por su trabajo en “El abrazo de la serpiente”, película de Ciro Guerra.

Marco Salaverría

Es la 1:00 de la tarde, en el set de rodaje la directora marca el corte de comida, Marco Salaverría se desprende de su equipo de trabajo y hace espacio, en su poco tiempo de descanso, para comenzar a recordar viejas épocas, aprendizajes, metas, sueños, logros, y compartir con nosotros las experiencias del oficio que escogió hacer dentro del cine.

Toda acción tiene una reacción, en el caso de Salaverría, nacido “al azar en Caracas”, pero criado desde los ocho años en Margarita, su llegada al cine está marcada por la presencia musical en su familia. Con hermanos que hacían música, un hogar lleno de instrumentos musicales y amor por el séptimo arte recogido con los años. “Comencé un poco a hacer audiovisual, a dirigir documentales, cortos, y junto a unos amigos en Margarita armamos un grupo y comenzamos a experimentar, y casi que por selección natural, terminaba haciendo sonido porque me gustaba, lo manejaba bien, entonces ahí dije: vamos a dedicarnos a esto”.

La decisión estaba tomada y en el proceso de aprendizaje y de trabajos en colectivo, llega a la isla un reconocido sonidista del séptimo arte nacional, quien más adelante se convertiría en gran amigo y maestro de Salaverría. “Comencé a trabajar con Víctor Luckert, e incluso en una oportunidad me dice ‘vas a tener muchas más cosas para hacer como sonidista que como director’, y me anima a estudiar en la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV), de San Antonio de los Baños en Cuba”.

Para Marco, explicar cómo fue su experiencia en San Antonio de los Baños fue realmente difícil. “Es uno de los lugares más lindos que he conocido en la vida”, allí se enamoró de personas y películas, se ilusionó, escribió, hizo amistades y en ese compartir de experiencias, culturas y sabores, aprendió a hacer cine, “como algo casi que por descarte”, según sus palabras. “La escuela realmente te marca, te transforma completamente, pero sobre todo, al salir de allí, te abre una perspectiva del mundo increíble y ahora mismo cada vez que tengo la suerte de viajar a algún sitio, tengo hermanos y familia en algunos países”.

En ese universo del cine que descubrió en la EICTV, hubo un particular movimiento cinematográfico que lo cautivó. “Me impactó, y lo desconocía mucho, es el cine iraní, en la escuela aprendí a ver mucho cine iraní y a entenderlo en sus tiempos y en sus formas narrativas, es un cine quizás un poco fuera de lo que comúnmente conocemos como el cine comercial”.

Entre sus referencias cinematográficas contemporáneas en Latinoamérica, estaba el realizador colombiano Ciro Guerra, con quien un tiempo después, trabajó en su tercer largometraje, “El abrazo de la serpiente” película que ha obtenido valiosos reconocimientos internacionales, y una nominación a los Premios Oscar. “Saliendo de la escuela, uno de mis profesores, Carlos García me dice: ‘Marco es una coproducción con Venezuela y queremos que te vengas tú’, al saber que Ciro Guerra era el director dije ‘woooo’, era un cineasta que me gustaba mucho, entonces me fui a trabajar en esa película”.

Marco Salaverría

En esa época, Salaverría estaba rodando unos documentales en el Amazonas venezolano, con comunidades Piaroa, intentando conocer un poco la medicina ancestral, el guión de la propuesta que llegaba a sus manos era similar, “me identifiqué muchísimo, era lo que personalmente estaba buscando en ese momento”. Para él, trabajar junto a profesionales de América Latina significó “borrar un poco las fronteras, te haces más latinoamericano, te identificas más con el cine de tu región, ya yo no veo lejos ningún país, no veo lejos ninguna cinematografía”.

Su trabajo en “El abrazo de la serpiente”, donde se internó varias semanas selva adentro para captar los sonidos más imperceptibles de la Amazonía, le valieron reconocimientos como el Premio Platino al Cine Iberoamericano por la “Mejor dirección de sonido” en la tercera edición de los premios celebrados en Uruguay, así como también en la segunda edición del Premio Iberoamericano de Cine Fénix, en México en 2015. Por eso al traer los recuerdos del pasado, lo hace con nostalgia y agradecimiento hacia sus primeros días en un set de rodaje.

“Lo primero que aprendí en un rodaje fue a enrollar los cables y parece como el chiste que dice ‘lo que él hace es recoger cables‘, pero resulta que si tú no sabes deslizar un cable en un rodaje, puedes hacerle daño a alguien, porque nosotros tumbamos muchos cables”.

Para él fueron fundamentales esos primeros días de trabajo en el cine nacional para aprender cómo conectar un micrófono inalámbrico, cómo conectar un boom, técnicas y tips que adquirió de la mano de profesionales, convertidos en maestros. “Uno de ellos es Frank Rojas, del que aprendí del oficio muchas mañas, trucos. De Víctor Luckert, el tema de la disciplina, que me ha servido para hacer cine y mantenerme haciéndolo, porque eso es lo que hace que las personas quieran volver a trabajar conmigo, es porque soy muy disciplinado”.

De ellos aprendió también el valor del sonido en una película dominada por las imágenes. “Mientras no le des el respeto al sonido, desde todas las áreas, no vas a tener películas que suenen bien. Resulta que cuando escribes un guión, puedes generar imágenes sonoras también y de eso creo que se trata un buen guión”.

Al preguntarle ¿con qué directores le gustaría trabajar?, se escucha “Marco vamos a comenzar”, una voz que proviene del set donde Marco es el encargado del sonido. Con la breve respuesta de “en Venezuela me encantaría con Luis Alberto Lamata”, concluye la jugosa conversación con el joven cineasta, quien recientemente tuvo un hijo llamado Matías Salaverría, a quien dedica sus logros, alcanzados con disciplina, constancia y mucho amor a su trabajo, a su arte.

Marco Salaverría

Texto: Willetza Bolívar
Fotos: Cortesía Marco Salaverría y Foto Fija El Abrazo de la Serpiente

 

 

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